Coraje Cívico: Juventud y Derechos Humanos.
- LeerParaNoCaer

- 20 ago 2019
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Cristian Manuel López Chávez
24 años.
Soy Lagunero de Torreón, Coahuila.
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila.
Actualmente, Asesor Parlamentario en el Senado de la República, Enlace con Organizaciones Sindicales de la Red de Jóvenes Políticos de las Américas. Co- Fundador de Quédate y Emprende y un sinfín de colectivos y asociaciones. “Un Supuesto asesor en Comunicación y Estrategia Política en Hermes”
Tengo un “mantra” muy marcado: “Somos quienes somos y compartirlo nos hará libres”.
Hace años, en mi localidad escuché de un proyecto “Jóvenes Líderes” ahí me dieron herramientas para servir a mi comunidad. De Jóvenes Líderes nació mi coraje cívico. Decidí participar en el océano de los Derechos Humanos y de ahí influir en mi sociedad. ¿Por qué?
Porque la defensa de los Derechos Humanos vislumbra un alto grado de empatía y solidaridad, pretende que vivamos en sociedades en que Libertades y Derechos se vean garantizados por los Estados para todas y todos por igual. El mejor ejemplo de esta búsqueda es el que damos los jóvenes, denunciando a quienes abusan de su poder y autoridad.
Hasta hace unos años decidí dedicar un espacio a mi vida académica al Estudio de los Derechos Humanos, conocí unos chavos llenos de coraje cívico, de esos que se toman la injusticia como algo personal, que de un momento a otro decidieron voluntariamente convertirse en defensores y defensoras de los derechos humanos, jóvenes que, a título particular o colectivo, se reúnen en diversas formas y espacios para defender o promover los derechos humanos y una mejora de su comunidad.
En mi facultad conocí otro grupo con quienes compartí actividades académicas sobre este tema, su pasión y coraje me contagiaron al escucharlos recitar y defender lo establecido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los diferentes instrumentos internacionales. Me impresionaba su pasión. Ahí entendí que consecuentemente, nosotros, los jóvenes siempre hemos desempeñado un papel clave en los movimientos sociales, donde tenemos una enorme participación. Pero ahora estamos asumiendo cada vez más funciones de liderazgo en movimientos de protesta pacíficos e impulsando el cambio. Nosotros jamás nos limitamos a quedarnos al margen y sentados, sino que nos organizamos paros y protestas, ocupamos espacios públicos y anhelamos conversaciones directas con los gobiernos, iniciativa privada y organizaciones sociales. No esperamos a que nos digan lo que hemos de hacer.
Pero todo lo anterior tiene un costo. Desgraciadamente y cada vez más frecuentes los gobiernos responden a la participación cívica y pacífica de las personas jóvenes aporreando y encerrando a los activistas juveniles.
Por ejemplo, en Birmania. Más de 100 dirigentes estudiantiles, se exponen a castigos de cárcel por protestar contra la nueva Ley de Educación Nacional. Uno de ellos es Phyoe Phyoe Aung, de 26 años, líder de uno de los principales movimientos estudiantiles de Birmania. Está cerca de los 27 años, pero parece que pasará su cumpleaños entre rejas y puede ser condenada a una injusta y prolongada pena de prisión tras haber sido detenida ante una violenta represión policiaca.
Del otro lado del globo, las cosas no son diferentes, en Angola detuvieron a 15 activistas juveniles por participar en una reunión en la que debatieron sobre situaciones políticas y sobre sus preocupaciones en relación con el gobierno del presidente en turno. Se culpa a estos jóvenes de idear trastornar el orden público y ser una amenaza para la seguridad nacional. Todos los detenidos están recluidos incomunicados lejos de sus hogares, lo que hace muy difíciles las visitas de sus seres queridos.
La sociedad no siempre tiene en buen ánimo los actos de tenacidad de los jóvenes que defienden los derechos humanos y se ocupan de los problemas de su comunidad y negarnos la posibilidad de expresarnos restringe las oportunidades de participar en los debates sobre asuntos públicos y que nos incluyen a todas y todos, incluso cuando se nos permite la participación, ésta casi suele ser insignificante o figurada, porque se acostumbra a dar por entendido que nuestra misión es aprender y desarrollarnos, y no contribuir con igualdad a aportar soluciones. Esta situación basada en la edad se convierte en un círculo vicioso: se deja muy poco espacio para que participemos activamente y definamos la agenda, mientras que los responsables de establecer las políticas no abordan de manera efectiva las barreras que encontramos para acceder a derechos humanos básicos.
Así que en la medida que más jóvenes se interesen en su comunidad, buscarán incursionar en la defensa, promoción, formación y capacitación en materia de derechos humanos, se crearán líderes idóneos de alegar y actuar, ante situaciones de vulnerabilidad, jóvenes con el tonelaje y agallas de debatir, descifrar e instituir planes de resolución de conflictos, juventudes que serán sembradores, promotores de mensajes enérgicos, chavos empoderados. Augurándonos que un sin fin de movimientos sociales logrará trascender, asegurando pasos firmes mediante la reflexión y aprendizaje, creando un sentido de pertenencia y empatía por todos y cada uno de los casos que le duelan a nuestra Nación. Todo eso nos acerca para alcanzar espacios y ocupemos puestos de liderazgo ya sea en el contexto Económico, Político, Académico, Social, etc.
Debemos tomar distancia y reflexionar sobre lo que esto significa para la manera en que los Estados reaccionan ante los jóvenes cuando nos involucramos en la sociedad en un intento de crear un espacio para participar en las decisiones que afectan nuestras vidas.
Es cierto que una intervención cívica relevante de los jóvenes no tendrá lugar de la noche a la mañana, y que se necesita tiempo para establecer sociedades intergeneracionales fructíferas. Pero los gobiernos pueden dar marcha liberando de forma inmediata y sin condiciones para ejercer pacíficamente sus derechos.








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